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Si me conoces, no cuentes mi historia. No me describas ni me cites. Aunque me conozcas o me veas durante unos segundos o minutos, no intentes esbozarme. Me contarías como quien escribe en la sección de sucesos, mutilada y fragmentada, imposible, casi mítica. Soy un hack en tu conciencia, algo tan innombrable e impensable que tus descripciones, ¿afanosas por sonar poéticas?, me olvidan. La persona de quien escribes es la pura sensación que sientes ante nosotras (miedo, repulsa, fascinación, incredulidad, excitación…). Somos un hack en tu reflexión. Exóticas, como arañas bajo las rocas, bajo los trastos, tras los armarios. Escríbenos, inténtalo. No nos interesarás. Te pierdes en tu alteridad (o, más bien, en tu Unicidad).

Pido un alto a la cosificación y al aderezamiento machista que vivimos constantemente las mujeres. Debería pedir, escuchándote, un alto a la antropornografía*. Debería explicitar más que no somos ‘carnaza’, y que la ‘carnaza’ es un cadáver expuesto, cosificado y que no tendrá Antígona que lo llore y dignifique. Pero daría igual, dudo que no lo hubieras escuchado antes: mientras no lo quieras entender, no lo entenderás. Daría igual cuánto te lo repitiese

*En The Pornography of meat, Carol Adams (conocida por ser autora de The Sexual Politics of Meat: A Feminist-Vegetarian Critical Theory) llama ‘antropornografía’ al uso pornográfico y humanizante de los animales no humanos o de parte de ellos.

Déjame caer contigo,

sumergirnos en lo innombrable, desafiar su moral armarizante y cargada de temores.

Cae en este deleite de fluidos habidos y por haber,

disolvamos los poemas dejando que se diluyan con nuestra blasfema herejía: hagamos con ellos una alfombra efímera, sábanas, ropas varias… cuidaremos los cortes que en este ritual se produzcan. Dejemos que su tinta nos manche. Cartografiemos los accidentes de caracteres teñidos sobre nuestra piel la voluntad de los que no quieran adherirse a los movimientos y a las quietudes, a las risas sexuales, a lo obsceno interpretado sobre el escenario de símbolos sobre geografía de piel.

Rompamos, hagamos pedazos el secreto. Dejemos que el silencio de los sentidos exprese. Articulemos palabras desconocidas, fonemas y notas que nos permitan desbordar lo pensable. Busquemos nuevas gramáticas corporales, profanemos las ya aprendidas. Apropiémonos de las ajenas y traicionemos las citas, averigüemos cómo resignificarlas con la puesta en texto y en cuerdas, en cuerpo, en el dulce aroma de… Redescubramos la mística. Desarrollemos el léxico de lo sensual in/definible.

Está claro que no queréis saber nuestra opinión. Pero nos molesta mucho que os toméis tantas confianzas sin venir a cuento ni sin cercioraros de que no os vayamos a estampar en la cara el vigésimo cuarto volumen de obras completas de Johanna Schopenhauer.

Es esto que voy por Internet,  veo y leo unas cosas tan misóginas que… paso, de verdad que paso, esta gente no es nadie y va a seguir así. Afortunadamente.

Pero resulta que esperan que nos tomemos su misoginia más insultante y retrógrada con “filosofía”. Es decir, con humor. Qué machiprogre, que puedes hacer cosas misóginas y decirlas, pero no pasa nada, no creas realidades, no sedimentas un orden dado… qué maravilloso.

Aunque esta panda de mindundis no tengan ni la más mínima idea de n-a-d-a de filosofía (debe ser que lo usan como una frase hecha), resulta que la filosofía puede ser útil a la misoginia. De hecho lo  ha sido y lo sigue siendo. Lo voy a decir con Carla Lonzi y sus compas de Rivolta Femminile:

Pedimos referencias de los milenios de pensamiento filosófico durante los cuales se ha teorizado la inferioridad de la mujer. Consideramos responsables de las grandes humillaciones que nos ha impuesto el mundo patriarcal a los pensadores: ellos son quienes han mantenido el principio de la mujer como ser adicional para la reproducción de la humanidad, vínculo con la divinidad o umbral del mundo animal; espera privada y pietas. Ellos han justificado en la metafísica lo que en la vida de la mujer había de injusto y atroz.

(Fragmento del Manifiesto de Rivolta Femminile. Roma, 1970. Se puede encontrar el texto completo en Internet o en Escupamos sobre Hegel. Cabe señalar que una de las labores de la historia de la filosofía de las últimas décadas [cuando los feminismos empezaron a entrar en la Academia] más importantes ha sido empezar a visibilizar a las mujeres filósofas, que se lo han tenido que currar a tope para que alguno las citase o mencionase y posteriormente algún misógino de mierda dijera, para mantener la idea de que ser brillante y ser mujer son elementos excluyentes, para apartarnos de las enseñanzas… “no, ella era estúpida, y él atribuye algo suyo a una mujer por cortesía/falsa modestia/porque tenía la mente atontada de amor y no se daba cuenta de que su pareja era un cero a la izquierda…”. Nos tiene que quedar claro que probablemente nunca nos habrían dejado acudir a una enseñanza que no fuera necesaria para la crianza si no hubiera habido mujeres muy, muy brillantes, en todas las épocas y lugares, que nos son invisibilizadas).

No.

La filosofía no puede servir para sedimentar las opresiones más inhabitables. Que matan, que llevan al suicidio… Vale, de acuerdo, siempre existirán opresiones y privilegios, probablemente. Pero es que a día de hoy, no es broma: el racismo mata. La transfobia mata. La misoginia mata (suicidios de mujeres maltratadas, mujeres asesinadas, anorexia y bullimia, mujeres de cualquier edad que se suicidan por haber roto con su novio…). La lesbofobia y la lesbofobia matan (nunca sabremos todos los suicidios que hay de jóvenes de ESO/bachillerato por su identidad u orientación sexuales), etc. Y las consecuencias más inhabitables, sangrantes y mortales de nuestros discursos creo que podrían evitarse.

No podemos hacer como si los discursos, las imágenes, las palabras… fueran todopoderosas. Pero tampoco podemos hacer como si fueran inocuas. Ambas perspectivas son hirientes. Ni hay un determinismo absoluto que rige sobre nuestras vidas, ni somos todo el mundo gente crítica con lo que llevamos viendo desde que llegamos al mundo. Así que vamos a tomarnos toda esta mierda con seriedad.

Vuelvo al comienzo: interpretar las cosas con filosofía no puede ser quedarse en un embobamiento de “oh, qué bien, vamos a verlo desde la perspectiva que menos moleste. ¡Viva la sociedad del entretenimiento!”. Francamente, creo que quienes consideran que puede serlo no tienen ni idea de filosofía. Ven la realidad en una línea muy sesgada, acrítica, sin problematizar, ofreciendo simplemente atontar. Esto, maldita sea, no es filosofía.

A menudo oigo decir a mis colegas biólogos que nuestros compatriotas en otros campos tienen una vida más fácil, porque el conocimiento científico cambia continuamente, mientras que otras disciplinas permanecen estáticas. De ahí que tengamos que revisar constantemente nuestros cursos, mientras que un historiador o un experto en Shakespeare puede dar siempre la misma lección año tras año. Lo cierto es que nada hay más lejos de la verdad. El campo de la literatura cambia continuamente a medida que nuevas teorías analíticas y nuevas filosofías del lenguaje pasan a formar parte de los recursos académicos. Y un profesor de lengua inglesa que no ponga al día regularmente sus lecciones o prepare nuevos cursos adaptados a los cambios en la disciplina será tan criticado como el profesor de bioquímica que lee sus lecciones directamente del libro de texto. La actitud de mis colegas es un intento de erigir fronteras, de convertir el trabajo científico en algo especial. Los análisis actuales de la ciencia, sin embargo, sugieren que no es tan diferente después de todo. Para una visión general de la sociología de la ciencia, véase Hess, 1997.

El supuesto de que “la mayor parte de las mujeres son heterosexuales de forma innata” permanece como un obstáculo teórico y político para el feminismo. Continúa manteniéndose como supuesto en parte porque la existencia lesbiana se ha escrito fuera de la historia o se la ha catalogado como enfermedad, en parte porque se la ha tratado como excepcional más que intrínseca, en parte porque reconocer que, para las mujeres, la heterosexualidad puede no ser una “preferencia” en absoluto sino algo que ha tenido que ser impuesto, gestionado, organizado, propagado y mantenido a la fuerza, es un paso inmenso a dar si te consideras heterosexual “de forma innata” y libre. Sin embargo, no analizar la heterosexualidad como institución es como no admitir que el sistema económico llamado capitalismo o el sistema de castas del racismo se mantienen por una variedad de fuerzas, entre las que se incluyen tanto la violencia física como la falsa conciencia. Para dar el paso de cuestionar la heterosexualidad como “preferencia” u “opción” para las mujeres — y llevar a cabo el trabajo intelectual y emocional subsiguiente– se requiere una clase especial de coraje en las feministas identificadas con la heterosexualidad, pero creo que las recompensas serán grandes: una liberación del pensamiento, el explorar nuevos caminos, el venirse abajo de otro gran silencio, una nueva claridad en las relaciones personales.

Adrienne Rich: “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”, en Sangre, pan y poesía

“Siempre estamos vigiladas por los hombres que siguen metiéndose en nuestros asuntos para decirnos lo que nos conviene y lo que no, vigiladas por otras mujeres, por la familia, por las revistas femeninas, por el discurso dominante”

Virginie Despentes, Teoría King Kong

“La dieta es el sedante más potente de la historia de las mujeres. […] La fijación cultural en la delgadez de las mujeres no es una obsesión acerca de la belleza femenina, sino una obsesión acerca de la obediencia femenina.”

Naomi Wolf, El mito de la belleza

Iba a tercero de la ESO. En mi instituto, no tenía buenas amistades, y no hacía actividades extraescolares. Algunas chicas de mi entorno me intentaban convencer de que el modo de caer mejor empezaba por tener un aspecto diferente en el instituto, que se resumía en maquillaje, pelo alisado y ropa que les pareciera más juvenil (es decir, un aspecto más a la moda, menos aniñado, probablemente más heteronormativo). Pero me incomodaba pensar en satisfacer esas condiciones: no quería satisfacerlas, y no lo hice.

Además, como sacarse la ESO no requiere grandes esfuerzos para aprenderse el temario y sacar buenas notas, tenía muchísimo tiempo libre. Tiempo en que fui sumergiéndome más y más, quizá sin darme cuenta, en imágenes con las que había crecido. Imágenes que creaban y crean discursos para destruir la autoestima de las jóvenes y las no tan jóvenes, creando modelos imposibles de belleza para consumir en maquillaje (porque con la cara lavada no estamos guapas), moda, accesorios y en peluquería, alejándonos todo lo posible de la pesadilla de tener un índice de masa corporal (el concepto mágico) que, aunque “normal”, se pudiera acercar aunque sea en unos pocos números a la obesidad: mi IMC era “normal”. Unos números más arriba estaba el sobrepeso y la obesidad. Parafraseando a Simone de Beauvoir, yo quería estar delgada, más delgada, siempre delgada, y no simplemente “normal”. Tenía 15 años, mi cuerpo estaba cambiando y creo que ése fue un factor para que esas imágenes de La-Mujer me parecieran cada vez menos inverosímiles.

Mi relación con la báscula pasó de ser una relación “secreta” (mi madre me hacía sentir incómoda con mi aspecto, porque cuando era joven era también muy delgada, no pesaba casi nada y no perdía ocasión de compararlo con mi cuerpo) a ser una relación que tiene alguien que está en tránsito a otra parte, y que se imagina un futuro mejor, más guapa y más feliz, probablemente. Pese a todos los esfuerzos de mi madre, las tutoras del colegio, de una misma… por fomentarme a tener autoestima, la constante repetición de discursos variopintos y omnipresentes que no paran de afirmar, dentro de todo un abanico que va desde lo más sutil a lo más evidente, que el aspecto importa y que ese aspecto ha de cuadrar con una única norma que se propone la universal, la legítima, ideal y más o menos alcanzable hizo que consiguiera ir preocupándome más y más de mi cuerpo, de ser más delgada, y, por lo tanto, más guapa. Así, me gustaría a mí misma. Quizá pensaba que también así gustaría al resto.

Cuando estudié el índice de masa corporal, también se incluía un apartado para los trastornos alimenticios, entre ellos la anorexia y la bulimia, y personas de mi curso trabajaban en un grupo para prevenir ese tipo de trastornos. Pese a que nunca vomité, me sentía a caballo entre las dos prácticas, entre los dos trastornos. Quizá sea que la categorización sólo sirve para orientarse, y los términos deben servir para ello, pues la realidad es más compleja y no se debe reducir a dos términos médicos cerrados.

Pensaba que controlaba mi proceso de pérdida de peso, que cuando estuviera tan delgada como quería, pararía. Lo que no sabía es que una vez que pierdes peso y te desacostumbras a comer y a beber todo lo que tu cuerpo te pide (en función de patrones culturales dados y demás, claro), va todo cuesta abajo y muy rápido, de modo que es imposible parar y volver a comer como antes. Mi cuerpo al final no me pedía darle ni comida ni bebida. Descubrí que el resultado no era el que me esperaba: yo no me gustaba antes de empezar a perder peso. Obviamente, tampoco me gustaba mientras lo estaba perdiendo y, sorprendentemente, el resultado me repugnó: a las modelos las retocan con programas de ordenador, e incluso hay mujeres que para tener algo similar a un “aspecto Barbie” pasan por cirugía plástica. Estar en los huesos no resulta agradable a la vista en nuestra cultura, y mi situación era tal que me resultaba incómodo tumbarme y me sentía demasiado débil para estar sentada. “Afortunadamente”, si eres una chica, en Educación Física puedes decir que estás menstruando y tumbarte en una colchoneta si estás demasiado débil para estar en cualquier otra posición.

Tras repugnarme el aspecto conseguido, mirando con extrañamiento y rabia a esos modelos de belleza disparatado que había seguido, sintiéndome engañada, tuve que aprender a comer normalmente poquito a poco, proceso que duró semanas.

Después de haberlo pensado, creo que éste fue un punto clave en mi vida en mi descubrimiento de qué era ser mujer: en la tensión entre el adoctrinamiento que nos va enseñando a querer ser La-Mujer (lo que nos dicen que es “ser mujer”, heteronormativa e imposible) y de cómo este adoctrinamiento fracasa, al ser inviable la repetición de un modelo imposible. De modo que se clasifican los cuerpos de las mujeres según su aspecto (su aceptabilidad respecto a la norma). Otra consecuencia, mejor a mi gusto, es que de esta tensión se puede tomar una postura crítica y trabajar por deshacerse de estos prejuicios: ser mujer puede incluir a toda persona que se entienda como “mujer” . Y una puede resignificar así la palabra “mujer” para deslegitimar discursos pro La-Mujer: estos discursos, al igual que La-Mujer, al igual que todos los conceptos… son culturalmente creados, y por ello no son necesarios ni aceptables per se, por encima de las vidas marcadas. Demasiadas mueren sólo a causa de la anorexia.

Dentro del kit sobre qué es La-Mujer en mi instituto se incluían las incontables horas en que las mujeres de mi entorno hablaban de adelgazar, de lo delgadas que estaban antes de, por ejemplo, quedarse embarazadas (a mi madre hablar de este tema le encantaba). De las “operaciones bikini”, de los programas de televisión con actrices y presentadoras que habían modificado sus cuerpos en clínicas privadas, de decenas de anuncios sobre pérdida de peso, sobre cómo no ganarlo… también se incluye saber un poco “qué se lleva”, para “renovarse”. Puede consistir también en saber perfectamente cómo plancharse el pelo y en aprender a maquillarse. Consiste, por supuesto, en que todas estas horas de tiempo libre malgastadas en el aspecto debido a la inseguridad que éste causa y malgastadas en aconsejar a otras despistadas vayan destinadas al colmo de la autoestima: un posible chico heterosexual con el que estar. Pareciéndome en ese momento que una debía ser la Otra de Beauvoir, un adorno que se intenta modelar a sí misma a su gusto (al principio del transcurso de pérdida de peso, con cierto éxito, y, al final, sin apenas ningún tipo de control), la más heterónoma de las heterónomas, sorda ante la vida quejosa ante las torturas que supone el despilfarro de tiempo y energías en construirse a imagen y semejanza de la imagen de La-Mujer construida por los varones. Quizá este resumen sea demasiado simplista. La parte más fuerte me sucedió en verano y apenas conservo recuerdos: a veces emerge algo pero muchos de esos sentimientos, de esos pensamientos, al no saber bien cómo gestionarlos, pese a mirarlos críticamente, los enterré.

Descubrí, de un modo casi mortal, que el kit de La-Mujer, no sólo era imposible, sino también indeseable- diciéndolo con Beauvoir, “el modelo nunca ha sido patentado”: las mujeres consideran a la que se ha dedicado en cuerpo y alma a ser una Barbie de carne y hueso como una persona escalofriante y estúpida. Sabía que no tenía por qué maquillarme, que no tenía por qué plancharme el pelo ni vestirme como querían que lo hiciera.

Pero descubrí que quienes me quisieran más delgada no me querían: un chico que años atrás me había gustado y que me había hecho bullying el año anterior me dijo que estaba muy guapa, lo cual me sentó como una patada: resultó que para gustar tenía que estar casi muerta, casi suicida, dispuesta a definirme para la mirada de los demás y con la supervisión y aprobación de las demás. Esto es lo que suponía intentar gustarles. Aunque no creo que fuera su intención, este comentario me pareció hiriente, irónico, y muy revelador: yo no quería ser, estar ni gustar de esa manera ni en esas condiciones.

Descubrí que los cuerpos considerados “bellos”, al igual que los “ideales de belleza” varían según el lugar y el momento. Entendí que esa inseguridad y ese desprecio hacia mí misma en el que había estado sumergida no era algo que me pasase sólo a mí, puesto que lo había visto en muchas más mujeres. Entendí que éste era un problema que nos afectaba a mujeres de casi todas las edades, y que de la tensión entre las mujeres con La-Mujer se producen infinidad de efectos: hay quienes por ella están al borde de la muerte o mueren. Las hay que viven más o menos obsesionadas con su aspecto, simplemente para gustar (la palabra me parece muy adecuada, y como “tener/perder el control” e “irse de las manos”, parece que es habitual en este contexto, por lo que he ido leyendo y por un espectáculo de danza llamado “gustar” sobre trastornos de la conducta alimentaria al que acudí), quienes se rebelan contra este sistema cruel lleno de regulaciones que nos hacen perder el tiempo y nos va matando, quienes tienen una constitución muy delgada y son cosificadas y comparadas con “palos”, a quienes les preguntan con crueldad, infantilizándolas, si comen… con estos ejemplos basta, sería ridículo intentar hacer una enumeración exhaustiva.

Meses y años después me tocó cuestionarme la cultura de la violación, la heterosexualidad obligatoria, el pensar en heterosexual, y finalmente comenzar a llamarse feminista.
Este período de mi vida cambió muchísimo mi modo de valorar, de pensar y de relacionarme con las otras y los otros. Interpretando estas experiencias me convertí en una persona más crítica y más consciente de la existencia de discursos sobre la belleza, variables, discriminadores, e incluso asesinos. Además, éste fue de los acercamientos más sangrantes y productivos al hecho de que los discursos no son inocentes y alejados de la realidad. Y menos todavía si están respaldados por toda una estructura cruel que crea realidades e imaginarios absolutamente inhabitables.

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